El kioskero del barrio

El Kioskero del Barrio
Hace unos cuantos años, los niños de entonces comprábamos nuestros tebeos, chuches y cromos en el kiosco del barrio. El kioskero nos conocía y sabía lo que podíamos y no podíamos comprar. Así, si pedíamos algo fuera de lo que él creía adecuado para cada uno de nosotros, siempre nos preguntaba “¿Te han dado permiso tus padres? Y sólo con mirarnos a la cara ya sabía que no. Pero había que probar.

El kioskero era una extensión de nuestros padres. Era él quien nos indicaba que ya llevábamos suficientes golosinas, que a nuestra madre no le gustaba que comiéramos chicles, o nos preguntaba si habíamos roto la hucha cuando la propina parecía excesiva para lo que era habitual. Y también era él quien dejaba fuera de nuestro alcance los artículos que no eran adecuados para nosotros, entre ellos muchas revistas. Y no hacía falta que los contenidos no fueran del gusto de nuestros padres, sino que en aquel momento nuestra edad no era la adecuada para ellos. La verdad es que, fuéramos donde fuéramos, el criterio de los kioskeros parecía calcado el uno al otro, aunque siempre había alguna excepción. Y la razón de esa uniformidad de criterio no era otra que mantener la clientela, para lo cual debían ganarse la confianza de nuestros padres. Al fin y al cabo, ellos eran sus clientes, y no nosotros. Así, si nuestros padres se enteraban de que podíamos acceder a productos o contenidos que ellos consideraban no adecuados para nosotros, simplemente nos prohibían comprar en ese kiosco. Y nos daban una alternativa, aunque estuviera un poco más lejos de casa.

Ahora quedan pocos de aquellos profesionales cómplices de una de las actividades más placenteras para los niños: comprar chucherías, lápices, tebeos, cromos o pequeños juegos y juguetes. Pero los niños siguen pudiendo comprar lo mismo que comprábamos entonces. Lo que se ha perdido por completo es el papel que hacían los kioskeros de persona de confianza de nuestros padres en un lugar donde estábamos cerca de contenidos a los cuales no debíamos tener acceso. Además, nuestro amigo el kioskero solía poner un límite ético, moral, económico y siempre legal a lo que ofrecía en su tienda o kiosco. Pero hoy, Internet está en cada una de nuestras casas, y muchas veces en la habitación de nuestros hijos, sin supervisión. Y el kiosco de Internet no tiene kioskero. Y su oferta no se limita a lo que ofrecían los kioscos tradicionales, o a lo que, como padres, nos gustaría que se limitara.

Al igual que nuestros padres no nos dejarían ir a un kiosco que no fuera de su confianza, nosotros deberíamos hacer ese papel con nuestros hijos como una parte importante de su proceso educativo. Aunque eso implique acompañar a nuestros hijos en su apertura a Internet.



Publicado el 14 de enero por Sergio Pallás en la categoría de padres


SafeChildren Guardian by Havoc Technologies S.L. Sergio Pallás
Padre comprometido con la educación de sus hijos en casa, colegio e Internet.
@SergioPallas



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